Cuando una suite presidencial no parecía una suite
Una de las primeras cosas que hago cuando acompaño a un conferenciante internacional es llegar antes que él. Mi trabajo no empieza cuando aterriza el avión; empieza mucho antes.
En una ocasión viajé a Boca del Río, Veracruz, para preparar la llegada de un expresidente europeo y de varios ponentes internacionales que participarían en un encuentro importante. Mi misión era revisar que todo estuviera listo: el hotel, las salas de conferencias, los recorridos y, por supuesto, el alojamiento de los invitados.
Pregunté dónde se encontraba la suite presidencial en la que se alojaría el expresidente.
—En el ático del hotel —me respondieron.
Subí para comprobar que todo estuviera preparado.
Lo que encontré no era, precisamente, lo que esperaba.
La suite era enorme, con unas vistas espectaculares al mar, pero daba la sensación de llevar años sin utilizarse. Las paredes estaban sucias, el mobiliario lucía descuidado y el conjunto transmitía una imagen muy alejada de lo que debía recibir un jefe de Estado, aunque ya fuera expresidente.
Miré al director del hotel y le dije:
—Nuestro invitado llega mañana. Así no podemos recibirlo.
Su respuesta fue tan tranquila que pensé que no había entendido la gravedad del problema.
—No se preocupe. Lo solucionaremos.
Y lo hicieron.
En pocos minutos empezaron a llegar pintores, personal de mantenimiento, electricistas, carpinteros, limpiadoras y decoradores. Debían de ser entre cuarenta y cincuenta personas trabajando al mismo tiempo.
Durante varias horas, la suite se convirtió en una auténtica obra contrarreloj.
Pintaron, repararon, limpiaron, cambiaron mobiliario y dejaron cada detalle impecable.
Cuando regresé unas horas más tarde, apenas podía creer que fuera el mismo lugar.
La transformación era absoluta.
Llegué a pensar que aún olería a pintura fresca, pero todo estaba perfectamente ventilado y listo para recibir al invitado.
Aquella experiencia me recordó algo que considero esencial en mi trabajo.
Quien representa a un conferenciante no solo lo acompaña.
Su verdadera responsabilidad consiste en anticiparse a los problemas para que el conferenciante nunca llegue a encontrárselos.
Cuanto mejor está preparado todo antes de su llegada, más invisible resulta nuestro trabajo.
Y, precisamente por eso, significa que lo hemos hecho bien.
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